Cada año, los Carnavales de Cádiz nos recuerdan con sus letras irónicas, sarcásticas y llenas del más incisivo humor, la realidad social que vive nuestro país. Las chirigotas de este concurso, y muy especial, la del Selu, no tienen desperdicio. En "Las verdades del banquero" se pone de manifiesto las fechorías llevadas a cabo por las entidades bancarias durante los años pasados; cómo han arruinado este país; cómo engañan a sus clientes; cómo nos cobran hasta por respirar y todo ello,y esto es lo que más jode, con el consentimiento por obra u omisión de los dirigentes de nuestro gobierno. Da igual que sea de derecha o de izquierda.
El ciudadano de a pie no puede entender cómo gente que vive en una situación privilegiada, acaba pringándose de esa manera metiendo la mano en la saca pública.Nunca hasta ahora ha sido más verdad aquello de que "el poder corrompe".¡ Madre mía ! ¡Y cómo corrompe!
Y lo peor de todo esto es que los casos de corrupción siempre son descubiertos por la prensa. ¿Qué pasa? ¿Que los que están dentro no se enteran nunca de nada? Parece raro, ¿no? Luego se oyen las frases de rigor: "el peso de la justicia caerá sobre ellos"; " tolerancia cero para los corruptos"; "la democracia y sus instituciones funcionan"; "se hará un pacto de los partidos contra la corrupción"; "todos somos iguales ante la ley"... Bla, bla, bla, ... No me creo "NÁ". ¡Ya estamos hartos!
¿Qué democracia? ¿Qué justicia? ¿Dónde están los castigos ejemplares? ¿Dónde una justicia justa? ¿Por qué en la mayoría de los casos los corruptos se van de rositas, haciendo pactos con el fiscal, pagando multas millonarias y sin pisar la cárcel? ¿Dónde está el dinero que me robaron y que yo les pagué con mis impuestos para mejorar la calidad de vida de los hombres y mujeres de este país? ¿Por qué no lo devuelven?
Dicen algunas fuentes que los políticos españoles están mal pagados y que por eso meten la mano donde no deben. Pues bien, también habría mucho que contar sobre esto. Se supone que el político llega aquí para servir a los ciudadanos, por pura vocación que no ambición. Y sobre todo, no se puede llegar a la política sin oficio ni beneficio, ni entrar en ella por ser un militante más o menos destacado de un partido determinado. Además nadie debe eternizarse en el cargo: mandatos de ocho años y a volver a su profesión.
Así se evitarían muchas corruptelas y tráfico de influencia y sobre todo, insisto, que la justicia funcione, que los jueces sean libres e independientes de verdad. De esta forma se entenderían algunas de sus sentencias que el pueblo acata porque no le queda otra, pero que no son justas en absoluto.